Aunque pobre, el Andévalo ha sabido mantener a sus gentes, proporcionándoles los recursos necesarios para su subsistencia.
Leyendas sobre tierras hechas por el demonio, mientras Dios descansaba, intentan justificar la dureza de este terreno.

El campo de El Cerro ha estado dominado por la dehesa de encinas y el monte bajo de jaguarzo, romero y jara.
La flor de jara adorna un paisaje donde proliferan perdices, conejos y sobre todos, el jabalí, como animal emblema de estas tierras.

Las cabañas de ovino se han mantenido desde siempre entre las más importantes de la provincia.
Famosos son los quesos de oveja del Andévalo y el queso fresco o "quesá" que se elabora casi por encargo y que es costumbre tomar con el café de la tarde.

Junto con la cabaña ovina, la cabaña bovina y porcina complementan una actividad ganadera que gozó de esplendor en otras épocas y que se está reforzando en los últimos años, ofreciendo un producto capaz de competir en cualquier mercado.
Los cereales, componen la mayor parte de los terrenos de siembra y los productos de huerta de las pequeñas explotaciones familiares se destinan prácticamente al autoconsumo.

La miel del Andévalo es otro de los productos de elaboración familiar.
De las colmenas que muchas familias mantienen en sus fincas se extrae una miel de elevada calidad debido a la diversidad de flores de la zona.

El paisaje se tiñe de rojo al paso de las riberas que limpiaron el mineral durante siglos. Dentro del Cinturón Ibérico de Pirita, El Cerro está rodeado de explotaciones mineras que dieron trabajo a muchos cerreños durante años. De las minas se extrajo pirita y otros minerales hasta que la crisis de los años 60 fue precipitando su cierre progresivo.

Acertada o no, aquella leyenda sobre tierras infernales no ha impedido que la diversificación de las actividades haya permitido vivir a los cerreños disfrutando de los productos naturales elaborados artesanalmente y de la naturaleza como tal.

Indice      Historia     Urbano    San Benito
Fiestas      Ayuntamiento